Notas sobresalientes de un Caribe musical

La virtuosidad técnica de Sandoval es sobresaliente, con rasgos claros de su aprendizaje clásico
$!Notas sobresalientes de un Caribe musical

El peso del calendario, libras y corpulencia quedan cortos ante los peldaños ascendidos en ruta hacia un estrellato en el que la competencia requiere de mucho aliento, tanto para extraerle acordes infinitos a la trompeta como para tallar un nombre en un mundo que, como refugiado, le era ajeno. Se ha impuesto a las fronteras físicas y prejuiciadas para doblar, por méritos propios, como embajador emérito del jazz, ganador diez veces del Grammy y uno de los hijos más aventajados del Caribe en el transporte sin mella de la fusión cultural que nos caracteriza.

Desde que leí en este diario que Arturo Sandoval actuaría en mi tierra, las nostalgias se prodigaron. Afortunadamente, hace apenas un mes disfrutaba de uno de sus conciertos memorables en el Blue Note de Nueva York, hogar de las grandes luminarias del jazz y meca de quienes aprecian al máximo la música que los Estados Unidos ha exportado con notable éxito. Flexible el género, se ha enriquecido con los aportes de otras experiencias y presta su nombre a apartados musicales que yo, en un arranque de avilantez, catalogaría de otra manera. El jazz es así, maleable, simple solo en apariencia, obediente a la diversidad de los instrumentos en que se expresa y oportunidad inequívoca para la pericia y creatividad del músico con alma.

Quienes tuvieron ayer la buenaventura de verlo actuar como parte de la troupe que encabezó Yolanda Duke, de seguro que aún hoy siguen embelesados por los acordes mágicos de los distintos instrumentos que Arturo Sandoval domina a la perfección. Paradójicamente, su pasión es el piano, como lo escuché confesar en una sesión del festival de jazz de San Sebastián, el renombrado Jazzaldia. Hasta se atrevió a grabar un álbum completo al frente del teclado, y cuantas veces lo he visto en el escenario recurre a todas las notas para encumbrar el ritmo hasta alturas insospechadas.

Es con la trompeta, sin embargo, que se ha trepado a la cima. Lo del piano lo entiendo: traslada allí la maestría con que hace sonar el metal, recreándose en las notas altas propias de un estilo que se ha hecho único con el tiempo, reconocible hasta para los escasamente iniciados, como quien escribe. Sandoval ha patentizado un sonido de tonalidad deslumbrante, osado, cálido y lleno de matices, producto de una evolución que lleva ya más de 50 años. Con 71 a cuestas, continúa con el mismo ímpetu que cuando vivía en Cuba o sufría las penurias iniciales del exiliado pobre en un cuchitril de Hialeah, el corazón cubano de Miami. Su vida retrata las miserias del sistema político de la isla antillana, pero también las bondades evidentes en los recursos destinados a la educación y el énfasis en la música como disciplina y reservorio de tradiciones culturales enraizadas en la psique colectiva.

A Sandoval le tocaron los años duros de la revolución. Purgó varios meses de prisión porque lo descubrieron oyendo un programa de jazz en La Voz de América. Y también recibió una beca para estudiar música clásica, génesis de la maestría con que ha hecho ya historia. Anduvo en muy buena compañía antes de refugiarse en los Estados Unidos. Junto a otras dos lumbreras cubanas, el saxofonista Paquito D’Rivera y el pianista Chucho Valdés, formó Irakere, el grupo musical que reabrió las puertas al jazz en una Cuba aislada y prácticamente fuera del contexto musical mundial.

Una visita a La Habana confirma la importancia de la música en la sociedad cubana. Morigeradas las presiones ideológicas y la ortodoxia afín a los regímenes de la izquierda revolucionaria, el jazz cobra bríos crecientes y escarba en las profundidades de la cultura vernácula en busca de inspiración. Es impresionante, por ejemplo, el desfile de jóvenes talentos en La Zorra y el Cuervo, un club de jazz en el centro de la capital cubana. Todos acusan de inmediato una formación musical exigente y asomos de un virtuosismo atribuible a excelentes profesores y devoción por el arte. De esa camada proviene otra de las joyas jazzísticas de la isla vecina, alguien muy próximo a los dominicanos porque vivió y despegó aquí: Gonzalo Rubalcaba, pianista consagrado y mago de un intimismo musical extraordinario.

Dixxie Gillespie fue la bujía inspiradora de Sandoval. Lo conoció cuando el coloso del bebop recaló en un crucero en La Habana, acompañado de Stan Getz y Earl Hines. Cuando Gillespie lo vio tocar, de inmediato apreció el enorme potencial de aquel joven antillano. Grabaron y trabajaron juntos, y en 1990 se produjo la defección. Tras las dificultades iniciales, la perseverancia unida al talento han dado los frutos conocidos.

Como buen cubano, Sandoval derrocha humor. Es un showman acabado. Se burla de sí mismo, del fuerte acento en el inglés con que se comunica con la audiencia que lo aplaude entusiasta luego de cada interpretación magistral. Confirma la dificultad del idioma de Shakespeare con una retahíla de palabras que para el oído profano suenan todas iguales: sheet (sábana y hoja de papel), ship, sheep and...shit! Joy Spring le sirve para recordar a Clifford Brown, otro de sus mentores, antes de sentarse al piano. Porque, afirma sin ruborizarse, tocar la trompeta con la fuerza que lo hace, se siente como un golpe en las partes pudendas.

Sandoval en el Blue Note se ha convertido en una costumbre. Esta vez precede a otra estrella de la trompeta, de un jazz diferente, más de salón: Chris Botti. Este pasado diciembre, el ex integrante de la banda que acompañaba a Sting agotó su décima quinta temporada navideña en el legendario club neoyorquino. De hecho, el primer álbum en directo grabado por Sandoval en el 2005 fue Live at the Blue Note, acompañado de un dvd en el que se destaca Blues for Diz, pieza obligada en casi todas sus presentaciones, homenaje excelso a su guía de por siempre, Gillespie. Tanto Sandoval como Botti han acompañado a nuestro Juan Luis Guerra. La bilirrubina aparece en Ultimate Duets, un disco de colección en el que también se destacan Al Jarreau, Alejandro Sanz, Celia Cruz y Plácido Domingo. En A son de guerra, del 2011, resuena la trompeta del artista de Portland, Oregón, en Lola’s Mambo. Más que la versión del cd, prefiero el videoclip disponible en YouTube, donde puede apreciarse en toda su dimensión la fuerza interpretativa de Botti.

La virtuosidad técnica de Sandoval es sobresaliente, con rasgos claros de su aprendizaje clásico. The Classical Album, con la Orquesta Sinfónica de Londres, borra toda duda del porqué la excelencia de este genio musical, que lo mismo exprime la última gota de sentimiento de una balada que saca chispas en la interpretación de El Manisero. Luego se sienta como en casa frente al piano, el sintetizador o estremece los cueros de los timbales. Y, a lo Chet Baker, se atreve a vocalizar un standard mientras todos lo escuchamos arrobados.

Agradecido del país que lo ha acogido, le ha devuelto al jazz esplendor y caminos nuevos. La raíz cubana, empero, está muy presente en su desempeño musical. Con razón arremete contra la noción de “Latin jazz” con que se ha pretendido bautizar esa corriente musical, avasalladora, que proviene del Caribe en las notas altísimas de su trompeta. Tal “Latin jazz”, dice a la audiencia cautiva, es inexistente. Se decanta por Afro Cuban Jazz y el origen lo ubica correctamente en los aportes de Mario Bauzá a la escena musical norteamericana antes y después de la Segunda Guerra. En combinación con Gillespie, el maestro cubano dio origen a esa fusión de la herencia cultural cubana con el bebop que justamente merece el calificativo de jazz afrocubano.

Y nada como una descarga, con la trompeta encendida de Sandoval, para probar que esa tradición continúa.

Una visita a La Habana confirma la importancia de la música en la sociedad cubana. Morigeradas las presiones ideológicas y la ortodoxia afín a los regímenes de la izquierda revolucionaria, el jazz cobra bríos crecientes y escarba en las profundidades de la cultura vernácula en busca de inspiración. Es impresionante, por ejemplo, el desfile de jóvenes talentos en La Zorra y el Cuervo, un club de jazz en el centro de la capital cubana.
Diario Libre